José Antonio Carrero
Desértica
En unos solares baldíos,el espectro espeluznante de un caballo comía los únicos indicios visibles de aquella escuálida hierba que crecía tímida desde las mismas entrañas de la tierra.En ese mismo lugar,según las historias que la gente pasaba de boca en boca,hubo una vez una vieja casona de madera dentro de la cual habitaba como un espíritu en penitencia una vieja con tantos años en sus ojos que ya se había tornado casi ciega por completo y la cual durante las noches oscuras dormía dejando un viejo quinqué encendido junto a la entrada de la puerta con la esperanza de que iluminara a su hijo Hermenegildo,el cual había partido del pueblo hacía ya trescientos quince años y jamás había vuelto a saber de él,en caso de que regresara a la casa en medio de la noche.Decían las historias que su hijo Hermenegildo nunca regresó al pueblo y que aquella vieja también partió una noche en medio de una tormenta de llamas que amenazaron con llevarse la patria entera aquella noche.De ese incendio sólo quedaron aquellos solares baldíos en los cuales aquel remanente de caballo ejercitaba su mandíbula morosamente y la leyenda de que algunos se habían tropezado con aquella vieja,cuando la luna de plata marcaba la media noche por los senderos de la patria,llevando un quinqué en sus manos y llamando a su hijo Hermenegildo el cual no había visto durante trescientos quince años.
Desértica
En unos solares baldíos,el espectro espeluznante de un caballo comía los únicos indicios visibles de aquella escuálida hierba que crecía tímida desde las mismas entrañas de la tierra.En ese mismo lugar,según las historias que la gente pasaba de boca en boca,hubo una vez una vieja casona de madera dentro de la cual habitaba como un espíritu en penitencia una vieja con tantos años en sus ojos que ya se había tornado casi ciega por completo y la cual durante las noches oscuras dormía dejando un viejo quinqué encendido junto a la entrada de la puerta con la esperanza de que iluminara a su hijo Hermenegildo,el cual había partido del pueblo hacía ya trescientos quince años y jamás había vuelto a saber de él,en caso de que regresara a la casa en medio de la noche.Decían las historias que su hijo Hermenegildo nunca regresó al pueblo y que aquella vieja también partió una noche en medio de una tormenta de llamas que amenazaron con llevarse la patria entera aquella noche.De ese incendio sólo quedaron aquellos solares baldíos en los cuales aquel remanente de caballo ejercitaba su mandíbula morosamente y la leyenda de que algunos se habían tropezado con aquella vieja,cuando la luna de plata marcaba la media noche por los senderos de la patria,llevando un quinqué en sus manos y llamando a su hijo Hermenegildo el cual no había visto durante trescientos quince años.
Era que en aquellos caminos enlodados de aquellos arrabales de casas amontonadas había un sin fin de historias ocultas pues habían estado allí en el mismo sitio,casi desde siempre,casi desde ese primer segundo en el cual el mundo fue más mundo,casi desde ese primer segundo durante el cual el mundo se convirtió en este reguero de mierda indescriptible.Aquellos enlodados caminos lo habían visto todo o casi todo,habían visto como las mujeres de amores nocturnos desfilaban en procesión casi perfecta durante las noches desoladas como ésta en busca de añadir una nueva página a aquel manojo de historias que tenían por colchón para su alma ligera.Aquellos caminos fueron los únicos,mudos testigos de la noche en la cual cortaron a Elena.Habían visto las gallinas y los cerdos creer ser orgullosos señores hasta llegar al punto de pasearse,con sus cabezas en alto,como si fueran grandes dignatarios del extranjero que andaban de visitaba por la patria tal y como lo hacían aquellos diplomáticos que llegaban al muelle de la patria,decían ellos y que en visitas oficiales,en aquellos grandes barcos.Eran recibidos en el viejo muelle del país por una banda de músicos que había sido llevada hasta allí a punta de pistola.Los diplomáticos eran corretiados de un lado para otro en los vehículos oficiales de la dictadura,cuyos velocímetros jamás marcaban menos de setenticinco millas por hora,y los que amanecían en los arrabales de la patria.Aquellos caminos también habían visto a los gobernantes en propiedad convertirse en animales y arrastrar toda su podredumbrey su inmundicia con melancólica miseria por aquellos senderos de la patria suplicando por el voto del pueblo cada cuatro años.Las verjas de zinc eran monumentos a la dejadez de los desgobiernos corruptos los cuales siempre sufrieron de una descomunal amnesia selectiva al momento de cumplir viejas promesas de campaña,una descomunal amnesia selectiva tan grande y tan vieja como el mundo mismo.
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